Hidrata la gelatina primero. Pon los 80 g de agua fría en el bol grande apto para alta temperatura y espolvorea por encima los 16 g de gelatina, en lluvia y repartida. No la eches de golpe en un montón. Déjala reposar 5-10 minutos: tiene que quedar como una gelatina temblona y sin polvo seco.
Pon el jarabe al fuego. En un cazo u olla pequeña (la nuestra es de 18 cm de diámetro y 12 cm de altura), junta los 220 g de miel, los 80 g de agua y la pizca de sal. Remueve al principio solo para integrar.
Hierve unos 10 minutos, hasta 115-118 °C. A partir de que rompa a hervir, no lo remuevas más. Vigílalo: la miel sube mucho. Si no tienes termómetro, mira el apartado de notas.
Vierte el jarabe sobre la gelatina. Enciende las varillas a velocidad baja y ve echando la miel caliente en hilo fino y por la pared del bol, no directamente sobre las varillas.
Sube a velocidad alta (8/10) y monta 5-10 minutos. Verás cómo pasa de líquido ámbar a una crema blanca y brillante que triplica su volumen. Está lista cuando al levantar la varilla se forma un hilo grueso que cae despacio y tarda en desaparecer en la superficie.
Pasa la mezcla al molde. Un molde de 15 x 20 cm forrado con papel de horno engrasado. Vuélcala rápido, que espesa por momentos, y alisa con una espátula engrasada.
Deja reposar 6 horas o toda la noche. A temperatura ambiente y sin tapar. Este paso no se acelera.
Desmolda y corta en cubos con un cuchillo largo engrasado.
Reboza en maicena, azúcar glas o una mezcla de las dos, para que no se peguen entre sí.