Cocina la manzana. Corta los 400 g de manzana pelada y sin corazón en trozos. Ponlos en un cazo con 80 g de agua y cocina a fuego medio, primero con tapa y después unos minutos sin ella, hasta que estén muy blandos. Tardarás aproximadamente 15–20 minutos. Vigila que no se quede sin líquido ni se pegue.
Tritura hasta obtener un puré. Tritura la manzana con el líquido que quede en el cazo hasta conseguir un puré fino, sin trozos.
Hidrata la gelatina. Pon los 60 g de agua fría en un recipiente y espolvorea por encima los 12 g de gelatina neutra en polvo. Deja reposar entre 5 y 10 minutos para que se hidrate.
Incorpora la gelatina. Si el puré se ha enfriado, vuelve a calentarlo. Retira del fuego, añade la gelatina hidratada y remueve hasta que se disuelva por completo.
Monta la mezcla con varillas. Con la mezcla todavía caliente, pero sin hervir, bate con una batidora de varillas eléctrica durante unos 15 minutos, hasta que la mezcla se vuelva más clara, aumente de volumen y tenga una textura aireada y esponjosa. Para este paso utiliza varillas, no la batidora de cuchillas con la que has triturado la manzana.
Vierte en el molde y refrigera. Reparte la mezcla en un molde de aproximadamente 20 × 15 × 5 cm, forrado con papel de horno. Alisa la superficie y deja reposar en la nevera entre 4 y 6 horas, o toda la noche, hasta que esté firme.
Corta y sirve. Desmolda con cuidado, retira el papel y corta en cubitos del tamaño que prefieras.